EL MICROONDAS



Dos latas de atún, dos paquetes de galleta, un botellón de agua. Es el stock con el que me ha tomado la cuarentena. Tampoco puedo tener muchos alimentos. Vivo en un cuarto de hotel, sin cocina ni refrigerador. Como todo peruano, pensé que me las podría ingeniar y encontrar a otro peruano por ahí que, caletamente, vendiera menú. Y no encontré a nadie, no cerca de donde vivo. Solo mucha gente que, estúpidamente, deambulaba por la calle para pasear o correr, como si estuviéramos en un feriado. 

Después de una larga cola, tomando distancia y sospechando de todo el mundo, pude entrar en un supermercado, no sin antes ser rociado de alcohol en las manos. Carretillas abarrotadas de productos, ya no de papel higiénico porque eso lo agotaron la semana anterior, sino de arroz, papa y pollo. La tríada básica de la comida peruana. 


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Nada de eso me servía, sin embargo. Así que me desvíe a otras góndolas: pan de molde, infusiones, atún, sardinas, caballas, jamones y frijoles en lata, galletas, agua, rocoto molido envasado, y buena dosis de vino y alcohol, con sus respectivos jugos y gaseosas. 

Estaba dispuesto a darme un buen festín de pescados en lata y frijoles por quince días consecutivos. Como un largo campamento, pero sin las aventuras juerguísticas y amatorias que compensen la incomodidad. 

Al cuarto día de la cuarentena, salí a tomar el fresco, es un decir, en el pasillo del hotel que, por suerte, en el piso en el que estoy tiene un techo semi abierto que permite el ingreso de luz y aire. Me tiré sobre uno de los sillones y al levantar la vista vi que se abría la puerta del 32: una muchacha joven salía medio desesperada buscando ayuda: “Muero por comida y pensé que algo podría hacer con el microondas que compré hace unos días, pero solo conseguí arroz y unas verduras. Puedo hacer las verduras pero no el arroz. Igual sería una comida insulsa porque ya me comí los atunes y las piezas de pollo que compré para el día”. 
Sé cocinar le dije. Yo tengo atunes y frijoles. Tú tienes arroz y verduras. Esto será un festín. ¿Compartimos? 

La cara se le iluminó. En verdad, se sentía que estaba a punto de llorar por no comer algo decente. Sí de verdad puedes hacer comida verdadera, compartimos todos los días que quieras, me dijo.
Así que, ese día, con lo que había hice un arroz a la jardinera con frijoles y una ensalada de atún. Unos chilcanos y se nos fue la tarde. 

Al día siguiente compré otras cosas, ahora que sabía que tenía un microondas. Antes de salir a comprar, ella me dio una lista de platos que le provocaban. Algunos posibles de hacer: un pollo al horno; otros complicados pero no imposibles; y otros definitivamente descartados: un lomo saltado. 
Logramos que el hotel nos guarde los perecibles y todos los días iniciábamos el ritual de la cocina desde el desayuno. Unas copas al final del día o mientras cocinábamos. 

Tres días en ese ritmo y, luego, las conversaciones, la cercanía y los tanteos dieron paso a que su habitación se convierta en nuestra cocina y comedor y la mía en nuestro bar y dormitorio. 
A veces faltaba algo y salía a comprar o nos la ingeniábamos con lo que había. 

Ella, Fiorella, está en Lima por solo un mes, aunque tal vez se vaya antes a su tierra norteña, apenas acabe el encierro. 

En medio de todo, pese a la incertidumbre y noticias negativas, no quiero que termine la cuarentena. No quiero que acabe esa posibilidad humana tan necesaria de compartir con alguien, aunque nunca haya habido un solo beso y los roces de en piel hayan sido previa desinfectada al máximo. ¿Será así el futuro del sexo entre humanos?

G.

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