TIEMPOS DE CUARENTENA

La soledad después del aislamiento

Mi nombre, por ahora no importa. Me podría llamar María, Rosa, David, o Sebastián. Lo que importa realmente es lo que hoy me animo a escribir. 

Esta cuarentena nos agarró por sorpresa a todos. Hace unos meses iniciábamos el 2020 y míranos ahora, nos encontramos en el lado de la moneda que nunca imaginamos; en la incertidumbre, inseguros, ansiosos, estresados, irritables, o hasta deprimidos. El efecto que tiene en cada uno es distinto y a la vez, el mismo.


No quiero adentrarme en cómo y por qué inicio todo el contagio del COVID-19. Sin embargo, si quiero adentrarme, en cómo nos hace sentir de un día a otro, toda nuestra rutina, nuestros planes, nuestros trabajos e incluso que nuestra vida cotidiana y social se haya detenido y nos hayan aislado.

Me quiero centrar un momento en esa palabra, el aislamiento. En su definición más simple es “dejar algo solo y separado de otras cosas, apartar a una persona de la comunicación y el trato con los demás. O, abstraer la realidad inmediata de la mente y de los sentidos. O incluso, impedir la transmisión del calor, el sonido, etc”. Si leemos con detenimiento, es todo lo contrario a nuestra característica de seres sociales en tanto humanos. Y es entonces, que, reaparece la individualidad, pero no esta suerte de individualismo que antes nos caracterizaba mucho, sino este nuevo estar solo con uno mismo.  Y ese estar con uno mismo, a veces asusta porque entonces tenemos que hablar de la soledad.
Ya sea que vivamos solos, con amigos, con familia, siempre llega el momento en el que nos encontramos y nos sentimos solos. Pero ahora, no podemos ir al cine para evitarlo o a un bar, o ir a comer algo, a un concierto, al trabajo, ya no. Entonces, aparece esta soledad, muy nueva para muchos y que puede ser bienvenida o puede ser temida. No es muy habitual que nos enseñen a estar solos. Desde que nacemos, nos preparan para estar en grupo, en un salón de clase, en la universidad, en el trabajo. Siempre somos parte de algo, nos relacionamos con alguien. Y las oportunidades de soledad son escazas. Por ello, cuando aparece esta soledad tan poco vestida, tan inusual, reaccionamos con diferentes emociones, maneras, sensaciones. 
La cuarentena o este aislamiento social provoca esta soledad; así como dije al inicio, nos afecta de distintas formas. 
Algunos me hablan de sentirse vacíos. Otros de estar ansiosos, desesperados, esperanzados sólo en que este aislamiento va a acabar. Hay quienes experimentan la soledad como vaga, inexpresiva, o, por el contrario, muy a la defensiva, irritables, violentos. Se preguntan “¿Qué hago conmigo? Ya trabajé/estudié. ¿Y ahora qué?”. Hay un grupo que la vive en silencio, con lágrimas, en desesperanza y en un cuarto oscuro llamado depresión. Y es que, repito, no nos enseñaron a estar solos.
Sin embargo, existe un pequeño grupo, chiquito, que si ha entendido que la soledad no debe ser temida, ni evitada, sino más bien bienvenida e invitada. Y han logrado en estas dos semanas, estar bien pero también contagiar ese bienestar, esa calma. No todos estamos en cuarentena bajo las mismas condiciones económicas, es cierto. Pero también es cierto, que, si uno logra la calma en esta soledad, las soluciones y la vida, no te abandonan. En medio de tanta neblina, de tantas malas nuevas si uno llega a abrazar esta soledad y sacar lo bello, lo bueno de este aislamiento, entonces, habrá ganado mucho.
Es por ello que escribo esto. Porque allá afuera hay miles de miles que se sienten solos y no sienten esta soledad como querida. A todos ellos y a mí misma, nos recuerdo que la soledad no es mala, no es evitable, no es una carga. Es muy humana, muy honesta y que si vemos bien a través de ella, nos puede enseñar mucho.
Entonces, ¿qué hacer cuando esta soledad llega? Lo primero y más importante es no temerle sino aceptarla. Si aun aceptándola pasa que las emociones se revuelven y desencadena en ansiedad o tristeza o frustración, algo que es muy importante hacer es: respirar. Incluso si no llegaran estas sensaciones o efectos, respirar nos hace conscientes de nosotros mismos, cómo estamos y dónde estamos. Respirar, inhalar muy hondo, aguantar unos segundos y exhalar con fuerza. Pero hay que hacerlo, hay que hacerlo de verdad. ¿Y luego? Pues nos concentrarnos en las respuestas que llegan después de la respiración. De acuerdo a como nos sentimos podemos empezar a hacer alguna actividad que nos envuelva y concentre con nosotros mismos, siendo conscientes de lo que vamos a hacer y no solo haciéndolo para rellenar tiempo en el día. Podemos escribir como nos sentimos - o si nos gusta escribir, quizá un poema, un cuento o una entrada -, dibujar, pintar, leer, cocinar, reparar, coser, limpiar u ordenar… algo. Y asimismo encontrar en estas actividades el placer de hacerlas, con la atención correcta y sentir como nos transforma al volver a hacerlas solos pero con más consciencia.


Así vamos a aprender poco a poco que cada cosa que acontece en nuestra soledad es de suma importancia y que hay que dejar de tenerle miedo a esta palabra. 

Es cierto que estamos aislados, que nos han separado y que ahora cada uno está en su espacio. Pero también es cierto, que, esta es la oportunidad perfecta para aprender a estar solos, para valorar como se debe ese tiempo con nosotros y para descubrir todo aquello que nos duele, que nos esperanza; para conocernos y conocer mejor todo lo que antes decíamos conocer.




Joaquina A. 

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